En León, pedir un chocomil va más allá de mezclar leche con chocolate. Aquí, la palabra cobra identidad propia, tradición y sabor de barrio.
Mientras en otras ciudades les llaman malteadas, licuados o batidos, en León el “chocomil” se gana su lugar como un antojo o bebida versátil: puede tomarse al amanecer, en la cena, acompañado por pastel o churros. Los sabores se salen del molde tradicional. Aunque el chocolate es la base que da nombre, los chocomiles leoneses se preparan también con fresa, cajeta, vainilla, mazapán, rompope, café o hasta crema irlandesa.
Uno de los puntos de referencia para esta fresca bebidas es San Juan del Coecillo, donde Rubén y su familia mantienen viva una tradición con más de 30 años en Avenida San Juan. Ahí, decenas de máquinas trabajan al ritmo de los pedidos para servir más de 40 sabores, en un ritual nocturno que ha convertido al sitio en parada obligada.
También en barrios como San Miguel, el Mercado Aldama o el del Carro Verde, los puestos de chocomiles siguen apareciendo por la mañana, acompañan al menudo, la birria, las carnitas o simplemente satisfacen el antojo.
León tiene su propio lenguaje gastronómico. Y entre guacamayas y caldos de osos, el chocomil es una de esas palabras que sabe a casa.
