León, Gto .- “¡Siempre la más, nunca la menos! ¡Karina ganadora!”. Con ese idea comenzó el domingo en el barrio del Coecillo. Desde temprano se sentía que no iba a ser un un domingo cualquiera, el barrio esta acostumbrado a sus calles llenas, al movimiento de cada fin de semana, a la gente entrando y saliendo, a los carros buscando dónde estacionarse. Pero ayer era distinto.
Esta vez todos parecían tener el mismo destino: el de San Juan del Coecillo.
Carros estacionados donde se podía, cocheras ocupadas, calles prácticamente llenas y gente caminando con pañoletas, globos y ganas de echar porras.
El barrio se había organizado para ver la gran final de La Casa de los Famosos México y, sobre todo, para acompañar a una de las suyas “La licenciada Kary Torres”.
Después de dos años, el Coecillo volvía a vivir una historia que ya conocía. Otra vez una de sus representantes estaba en la final y otra vez el barrio se permitía imaginar que el premio podía quedarse en casa.

Unos rezaban, otros bailaban
A unos pasos del escenario estaba el templo de San Juan del Coecillo. De un lado, quienes llegaban a rezar; del otro, quienes se reunían para seguir la final, y entre ambos espacios había algo que los conectaba: la gente del barrio.
Algunos entraban al templo y después salían para acercarse al escenario. Otros llegaban directamente a la transmisión, nadie parecía tener problema con que el domingo tuviera las dos cosas.
Había que cumplir con la visita al templo y también había que apoyar a Karina.
Las porras iban y venían, el ambiente crecía conforme se acercaba la gran final. Las amigas de Karina (Evelin, Salma, Rosita, Grecia, Las Colgadas) estaban juntas, pendientes de cada detalle y haciendo todo lo posible para que no se escapara ningún voto.
El multiuniverso de las perdidas
Karina no estaba sola, sus amigas a quienes ya les llaman el multiuniverso de las perdidas, se movieron por redes sociales para conseguir que la alcaldesa Ale Gutiérrez apoyara con el escenario, las pantallas, el sonido y los permisos para realizar la transmisión desde el jardín principal del barrio.
Hubo quienes consiguieron comida, quienes organizaron la cena y quienes se encargaron de que los asistentes pudieran votar. Se hicieron boletitos con códigos para facilitar las votaciones y, entre una cosa y otra, las horas fueron pasando.
No era solamente sentarse a mirar una pantalla, era acompañar a Karina, era hacerle sentir que del otro lado había un barrio entero esperando verla ganar.
Su familia, sus padrinos, sus amigas, se mantuvieron juntas. Se abrazaban, gritaban, bailaban y seguían pendientes de los votos.
Cada cierto tiempo volvía el mismo recordatorio: “Voten por Karina, no nos podemos confiar, no nos podemos confiar”, la frase se repetía mientras avanzaba la noche.
De la pantalla al baile
La espera por los resultados también tuvo su propio espectáculo.
Se prepararon presentaciones y el escenario se convirtió en una fiesta. Aparecieron shows inspirados en Alejandra Guzmán, Jenni Rivera, La Josa, Las Perdidas y Evelyn, entre otras.
Había música, había baile, había globos, y había una multitud mirando las pantallas.
Por momentos parecía que el resultado ya estaba decidido. La confianza se sentía en el ambiente. Después de todo lo que habían hecho durante el día, muchos estaban convencidos de que Karina podía llevarse el primer lugar.
El tercer lugar y el coraje
Entonces comenzaron a anunciar los lugares, la gente dejó de bailar, los ojos se fueron hacia las pantallas.
Llegó el momento de conocer la posición de Karina. Y el nombre apareció en el tercer lugar, por unos instantes, la fiesta cambió, hubo coraje, hubo rabia.
Se escucharon gritos de “¡fraude!”, después de tantas horas de votaciones, porras y esperanza, muchos esperaban escuchar otro resultado.
Pero el Coecillo tiene una manera muy suya de pasar los tragos amargos, primero se enoja, luego respira, y después sigue. Poco a poco regresaron los aplausos. La música volvió a sonar y la gente comenzó otra vez a bailar.
Porque quizá Karina no se llevó el cheque ni el primer lugar, pero durante todo ese domingo tuvo algo que no aparecía en ninguna tabla de posiciones: un barrio entero detrás de ella.
Y la fiesta siguió
La noche no terminó con el tercer lugar, el Coecillo siguió bailando, siguió aplaudiendo.
Las amigas siguieron juntas y la gente permaneció en el Jardín de San Juan, como si después de tantas horas de espera nadie quisiera que el domingo terminara todavía.
La final había terminado, pero la reunión no. El Coecillo hizo lo que tantas veces ha hecho: convertir una noche cualquiera en un recuerdo de barrio.
