León, Gto.- La Marcha del Orgullo suele mostrar una de sus caras más agradables: color, creatividad, glitter, libertad, música, acompañadas de libertad y banderas, una verdadera celebración de la diversidad.
Sin embargo, entre los miles de asistentes también caminan historias que hablan de obstáculos, rupturas familiares y procesos personales que pocas veces llegan a conocerse.
Arropados de sombrillas de colores, abanicos y una enorme bandera arcoíris llenaron las calles de León.
Entre la multitud se escuchaban consignas como “Sin justicia no hay orgullo”, “Derechos iguales para todas las comunidades” y “Que viva la jotería de noche y de día”, mientras la música de Lady Gaga acompañaba el recorrido de miles de personas se reunieron para exigir respeto, igualdad y visibilidad.
Pero detrás de cada bandera había una historia distinta.
De Cristina a Misael
Entre ellas está la de Misael, un joven trans de 17 años que decidió compartir el camino que ha recorrido para defender su identidad y construir una vida lejos de los prejuicios.
Misael recuerda que fue durante la secundaria cuando comenzó a darse cuenta de que no se sentía cómodo con el género que le habían asignado al nacer.

“Me di cuenta de que no me sentía cómodo con mi género”, relató.
Nació con el nombre de Cristina, pero conforme avanzó en el proceso de reconocerse a sí mismo decidió adoptar el nombre de Misael, una decisión que también representó una nueva etapa en su vida.
“El nombre me lo puso mi hermana mayor”, contó.
Sin embargo, el camino hacia esa identidad no estuvo acompañado de aceptación dentro de su hogar.
Cuando la familia no entiende
Para muchas personas LGBT+, la salida del clóset puede convertirse en uno de los momentos más difíciles de su vida. En el caso de Misael, el rechazo llegó desde casa.
Explicó que cuando comenzó a transicionar enfrentó conflictos constantes con su madre.
“Mi mamá no me aceptaba, tuvimos muchos problemas. Me llegó a pegar, me aventó tazas”, recordó.
Las diferencias fueron creciendo con el tiempo hasta llegar a un punto que nunca imaginó.
“Tuve que hacer muchas cosas para salir del clóset bien y la demandé este año”, señaló.
Su historia refleja una realidad que organizaciones defensoras de derechos humanos han señalado durante años: muchas personas LGBT+ enfrentan violencia, rechazo o abandono dentro de sus propios hogares antes de encontrar aceptación en otros espacios.

El apoyo llegó de quien eligió quedarse
Actualmente, Misael tiene 17 años y vive con su pareja. Cuando se le preguntó quién había sido su principal apoyo durante este proceso, la respuesta fue inmediata; “Mi pareja”.
Al preguntarle si algún integrante de su familia lo había acompañado durante la transición, respondió:
“No, toda mi familia no me quiso apoyar. Me dejaron solo básicamente”.
A pesar de ello, asegura que encontró en esa relación el respaldo emocional necesario para continuar adelante.
El peso de la discriminación
Aunque ha avanzado en su transición, Misael reconoce que la discriminación sigue presente en muchos espacios.
“Ha sido muy difícil, mucho bullying, mucha discriminación”, expresó.
Explica que una de las situaciones que enfrenta con frecuencia ocurre cuando las personas continúan tratándolo como mujer, ignorando la identidad con la que él se reconoce.
“A veces la gente me ve y me sigue tratando como mujer, pero creo que si yo me trato de dar respeto, se me puede tratar como lo que yo me siento”.

Los sueños de un joven de 17 años
Más allá de la lucha diaria por el reconocimiento de su identidad, Misael también tiene sueños como cualquier otro joven.
Quiere terminar la universidad, construir un futuro estable y lograr su independencia.
“Mis sueños son poder transicionar bien, acabar la universidad y poder comprar aunque sea un departamento”, compartió.
Entre las carreras que le gustaría estudiar están Diseño Gráfico y Arquitectura.
Para él, alcanzar esas metas también forma parte de la búsqueda de una vida en la que pueda desarrollarse plenamente sin ser juzgado por quien es.
Marchar para que otros no se sientan solos
Durante el recorrido, distintas voces coincidieron en que el orgullo no se trata únicamente de una celebración. También es una forma de visibilizar historias que durante años permanecieron en silencio.
Misael lo resume así: “Hoy marcho por mí, por mis derechos y por todas las personas que son como yo y que se detienen por las personas que los juzgan”.

Dejó un mensaje para quienes atraviesan procesos similares y aún enfrentan rechazo o discriminación.
“Aunque la gente les diga que no y que los discriminen, deberían hacer lo posible para sentirse cómodos y ser lo que realmente quieren ser”.
Mientras la enorme bandera arcoíris avanzaba entre la multitud, queda claro que detrás de los colores, las fotografías y la celebración también existen historias de dolor, resistencia y esperanza.
Historias de personas que siguen luchando por algo tan simple y tan importante como ser reconocidas, respetadas y aceptadas por quienes son.

