Existen muchas versiones acerca de la leyenda de “La Llorona”, pero solo en Guanajuato está la tumba dedicada a este personaje.
Isidro Arteaga Quevedo, es el propietario de una fracción de la hacienda de La Venta, que después cambió de nombre a la hacienda Siete Reales, que se encuentra ubicada en el kilómetro 21 de la carretera Dolores Hidalgo-San Luis de la Paz, punto donde se encuentra el monumento de «La llorona».
En toda la historia el poblado no ha tenido más de 300 habitantes, al día de hoy solo viven 13 familias, su templo de la Virgen de Guadalupe, la actividad económica es el campo, esta era una de las comunidades más grandes del municipio de Dolores Hidalgo, junto con: El Maravillal, Pozo Blanco y El Carmen.
¿CÓMO LLEGAR?
Si deseas visitar la tumba de La Llorona, se tienen que tomar en cuenta los siguientes consejos.
Un dato muy importante es que, para llegar hasta el mítico lugar, no es tan fácil. Comenzando con la ubicación que manda Google Maps, únicamente acerca, por lo que lo más recomendable es preguntar cuando se esté cerca del punto por dónde se llega.
La segunda recomendación es tener paciencia como es propiedad privada se tiene que pedir permiso para ingresar.
El terreno donde se ubica la construcción es de 80 hectáreas aproximadamente, están divididas en dos partes sembradío de nopal y maguey.
Para poder visitar la pequeña capilla, se recomienda se haga en un horario de 10:00 de la mañana a las 4:00 de la tarde, normalmente se encuentra con candado y se tiene que buscar a quien autorice el ingreso.
LA LEYENDA
Para los lugareños de Siete Reales, no es la tumba de La Llorona, para ellos es “El Calvarito”, tiene todas las características de una capilla con todo y pila, nadie sabe quién la bautizó como la tumba de “La Llorona”, de lo que recuerdan es que en 1850 estuvo en su auge la leyenda de “La Llorona”, en la historia del pueblo se cuenta que había algo que los atormentaba todas las noches, por el arroyo se escuchaban supuestos lamentos, como cada año tiene lluvias y tempestades, por lo que los pobladores cooperaron para construir “El Calvarito”, y en 1913 unos misioneros bendijeron el monumento y la mujer dejó de aparecerse, salir y llorar, en honor a ese hecho lo nombraron la tumba de “La Llorona”.
Por más de 79 años de vivir en la comunidad, su propietario confesó que nunca ha visto a La Llorona, pero aseguró que hay una energía diferente en ese lugar.
Aún queda los últimos vestigios de lo que fue el arroyo para mantener la comunidad, el ganado y las cosechas, su camino lleva hacia la ermita.