León,Gto.- “No sabíamos si tendríamos otra oportunidad”, dijo un grupo de amigas que viajó desde Brasil, mientras esperaban en la fila para entrar a la Sala C4. Venían por una sola razón, ver al artista que los ha acompañado durante décadas, ese que pone palabras a lo que nunca supieron cómo decir. Desde Aguascalientes también llegaron familias enteras, con la misma idea. Esa noche no era solo un concierto, era un reencuentro con alguien que ha sido parte de sus vidas.
El cielo amagaba con lluvia, el calor seguía pegando, pero a las 8:36 de la noche todo se detuvo. Las luces bajaron y el escenario, adornado con flores blancas y rosas, se iluminó. Roberto Carlos apareció vestido en blanco y azul, sus colores de siempre. Saludó a sus músicos con besos al aire y se colocó al frente con su piano blanco, el mismo que ha estado con él por años. Lo acompañaban diez músicos, dos coristas y un director de orquesta.
Desde los primeros acordes de “Emociones”, la nostalgia se apoderó del público. Con celulares arriba, no hubo gritos vacíos, solo aplausos que parecían abrazarlo. La voz de Roberto, casi intacta, trajo de regreso años que parecían lejanos. Luego cantó “Qué será de ti”, y en ese momento, una señora entre el público se cubrió la cara con las manos. Lloraba. Muchos la observaban.
Entre canción y canción, Roberto Carlos habló más que de costumbre. Fue cálido, pausado, como si también supiera que este reencuentro era especial. dijo: “León, gracias por tanto cariño que siempre me demuestran desde hace mucho tiempo. Gracias por dejarme compartir a través de la música el amor. Mi negocio es cantar. Pero hoy les quiero preguntar… ¿Qué será de mí?”, para darle paso a este tema que robó suspiros de los asistentes.
Con “Cama y mesa”, las parejas se tomaron de la mano. Una de las más esperadas “Detalles”, los que fueron con su madre o su padre le apretaron el brazo. El silencio fue profundo, solo roto por los violines que daban paso a cada verso.
La noche avanzó entre momentos suaves y otros más animados. Con “Calhambeque” y “El gato”, algunos se levantaron a bailar, discretos, felices. Cuando llegó “Amigo”, una niña abrazó a su abuelo. Al final, Roberto cerró con “Un millón de amigos”, mientras el público lo coreaba con las manos en alto.
Roberto Carlos, se despidió como llegó: con serenidad y gratitud. Y aunque no prometió volver, su voz se quedó ahí, entre las sillas, las gradas y las flores, como si el tiempo no fuera tan cruel con quienes alguna vez dijeron todo… cantando.
