Salamanca, Gto.– En el corazón de la Semana Santa, fieles y visitantes recuerdan uno de los pasajes más arraigados en la historia espiritual de Salamanca: la llegada y revelación del Cristo Negro, cuya presencia permanece como símbolo de fe y destino cumplido.
La tradición cuenta que, años después de su llegada a tierras salmantinas, el Cristo Negro fue protagonista de un sueño revelador. Juan Cardona, un indígena devoto, aseguró haber escuchado al Cristo pedirle que lo llevara al sur, a un lugar donde encontrarían una cruz enterrada al amanecer.
Enfermo y débil, Juan emprendió el viaje, pero falleció durante la madrugada. En ese momento, las campanas de la Capilla del Hospital comenzaron a sonar solas. Alarmados, los vecinos acudieron, y al abrir el templo –que permanecía cerrado– las campanas cesaron. Frente a todos, el Cristo apareció clavado en la tierra, como una señal divina. Su postura, con la cabeza caída y el hombro vencido, parecía representar el instante posterior a su crucifixión.
El hecho habría ocurrido un Martes Santo entre 1560 y 1561, marcando para siempre el destino del Cristo Negro en Salamanca. Desde entonces, su imagen ha sido venerada como guía espiritual y símbolo de consuelo, y cada año, en estas fechas, su presencia convoca a miles en una de las celebraciones más profundas de la región.
