Ciudad del Vaticano. La Iglesia Católica y millones de creyentes en todo el mundo lloran la partida de Jorge Mario Bergoglio, el Papa que cambió las formas, el lenguaje y los símbolos del poder eclesial con una sola convicción: acercarse al pueblo. Francisco, el primer pontífice latinoamericano y jesuita, murió a los 88 años tras más de una década al frente del Vaticano, donde dejó una huella indeleble de humildad, justicia social y compasión radical.
Desde que apareció en el balcón de San Pedro en 2013 con un simple “buona sera”, su papado se convirtió en un símbolo de cercanía. Rechazó el lujo, vivió en una residencia modesta y cambió las vestiduras de oro por gestos de carne y hueso: lavar los pies de presos, abrazar migrantes, dialogar con no creyentes y denunciar con fuerza las estructuras de exclusión.
Un pastor en tiempos difíciles
Francisco no buscó liderar desde la distancia, sino desde el barro. Fue un Papa que no evitó los temas difíciles: habló de crisis climática, desigualdad, abusos dentro de la Iglesia y apertura al diálogo con otras culturas, religiones y disidencias. Su misión fue clara: reformar la Iglesia no para hacerla más poderosa, sino más fiel al Evangelio.
Durante su pontificado visitó zonas de guerra, besó los pies de líderes en conflicto, clamó por los pobres del mundo y abrazó la sinodalidad como método de transformación: una Iglesia que se escucha a sí misma y se abre al mundo.
Último adiós a una figura irrepetible
Francisco murió el 21 de abril, víctima de una neumonía bilateral que agravó su ya delicado estado de salud. En su última bendición de Pascua, dejó lo que muchos consideran su testamento espiritual: “La paz no se impone, se construye con paciencia, con justicia y con manos tendidas”.
Hoy, San Pedro se viste de luto, pero el eco de su voz —la del pastor que prefirió andar con el rebaño antes que reinar sobre él— seguirá inspirando generaciones.
Su pontificado no solo marcó una época; dejó una ruta abierta hacia una Iglesia más humana, más empática y más viva.

