León, Gto. – Hay sonidos que forman parte de la identidad de una ciudad, y uno de ellos es, sin duda, el silbido que anuncia el paso del carrito de los camotes. Esa melodía metálica y repentina que se escucha al caer la tarde no solo llama la atención: despierta memorias, apetitos y una conexión entrañable con la tradición.
Un sonido que guía al antojo
Cuando el vapor del horno se libera por la válvula, el “chiflido” recorre las calles como una señal compartida entre generaciones. En segundos, vecinos asoman la cabeza por las ventanas, los niños buscan monedas y más de un peatón se deja llevar por la nostalgia. No hay cartel ni anuncio más eficaz que ese silbido.
El ritual del carrito
El camotero empuja su carrito con paciencia, ofreciendo camotes y plátanos rostizados, servidos con miel de piloncillo o leche condensada. El aroma a azúcar quemada y leña se mezcla con el aire fresco de la tarde, y cada bolsa caliente que se entrega lleva consigo un poco de historia callejera.
En León, los carritos de camotes aparecen en distintos puntos: cerca de plazas, colonias y avenidas. Algunos vecinos los esperan como si se tratara de una visita familiar, una pausa en la rutina para disfrutar lo sencillo y lo dulce.
Una tradición que resiste al tiempo
El camote, alimento ancestral mexicano, ha pasado de las huertas al asfalto sin perder su esencia. Lo que antes fue un postre de pueblo, hoy sigue siendo símbolo de cercanía y calidez urbana. El carrito del camotero no solo vende un dulce: ofrece un recuerdo compartido, un respiro en medio del ruido moderno.
