Guanajuato, Gto.- En el corazón de Guanajuato, entre las paredes centenarias del Teatro Miguel de Cervantes, una frase se quedó flotando en el aire como un eco íntimo y colectivo: “Mis películas están hechas para mirar de frente lo que somos”. Carlos Carrera, director, guionista y figura central del cine mexicano contemporáneo, fue homenajeado por el Festival Internacional de Cine en Guanajuato (GIFF), no solo por su obra, sino por el gesto humano de abrirse y compartir, con una honestidad punzante, todo aquello que lo habita cuando filma.
La charla no fue un repaso de logros, sino una confesión para quienes han seguido su obra desde los días de «La mujer de Benjamín», aquella ópera prima que fue su tesis en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) y que, con el tiempo, se convirtió en punto de partida de una mirada fílmica valiente y cruda. “Me criticaron mucho. Decían que era una oda al machismo… pero para mí siempre fue una forma de entender las contradicciones humanas”, compartió ante una audiencia de admiradores y estudiantes.
Moderado por el cineasta, productor y crítico Roberto Fiesco, el diálogo fue una de las actividades más esperadas de esta edición del GIFF, como lo señaló Sarah Hoch al darle la bienvenida. Fue una conversación sin adornos, donde Carrera habló no de triunfos, sino de dudas. Confesó que sus películas las ve mientras las produce, pero que sufre al momento de enfrentarse a la respuesta del público. “En este homenaje, volví a ver fragmentos de mi cine… y me removió todo”, dijo con voz pausada.
Recordó entre anécdotas lo que fue enfrentarse a la censura con «El crimen del padre Amaro» y cómo la controversia no lo detuvo. “Peleamos contra la iglesia y contra muchas verdades incómodas. Nunca me dio miedo”, expresó. Contó también, con cierta ironía, que ser nominado al Oscar fue una experiencia surrealista: “Todo el mundo te habla, todos quieren saludarte… Nicole Kidman me buscaba. Pero después, cuando ya no ganaste, nadie te vuelve a buscar”, comentó entre risas.
Carrera dejó en claro que su objetivo nunca ha sido filmar en Hollywood. Ha tenido ofertas, sí, pero ha preferido quedarse en México, contando historias que lo conmueven desde adentro. Habló de lo difícil que ha sido para él dirigir escenas íntimas, de su dificultad para abrirse completamente con los actores, y del dibujo como refugio creativo cuando las palabras no bastan.
Su charla fue un recordatorio de que el cine no siempre nace del deseo de mostrar, sino de la necesidad de comprender. Más que un homenaje a su trayectoria, fue una cita con su vulnerabilidad, esa que lo acompaña cada vez que enciende una cámara o pone punto final a un guion.
Y así, en un teatro lleno de luces y silencio, Carlos Carrera no motivó a hacer más películas. Invitó, más bien, a mirar dentro de uno mismo antes de atreverse a contar.