El Arco de la Calzada se convirtió en un testigo silencioso de miles de historias. Desde las primeras horas de la tarde, el centro de León fue cubierto por una marea morada que avanzó con fuerza, dejando en cada paso el eco de consignas que resonaban con una sola voz: justicia, libertad, igualdad.
Más de 12 mil mujeres de todas las edades y contextos se reunieron, superando la convocatoria del año pasado. Juana, Laura, Blanca, Paty, Rosa… no importaba el nombre ni el lugar de origen. Lo que las unía era una causa común: alzar la voz contra la violencia y la desigualdad.
Entre la multitud, Camila, de apenas cinco años, caminaba de la mano de su madre. Su gorra la protegía del sol y su cartulina llevaba un mensaje que, con inocencia y firmeza, explicó: “El estado me falló, mi tribu no”. Su madre la miró con orgullo, sabiendo que su pequeña ya entendía el poder de la lucha colectiva.
Durante el recorrido, las pintas se hicieron presentes en paraderos del transporte público y, esta vez, también en las fachadas de algunos negocios sobre el bulevar Adolfo López Mateos, con denuncias que reflejaban el hartazgo y la exigencia de justicia.
Uno de los momentos de mayor tensión ocurrió a las afueras de Catedral, donde se registró un enfrentamiento con feligreses que intentaron impedir el avance de las manifestantes. Entre reclamos y consignas, la lucha feminista se hizo sentir frente al templo.
La protesta culminó afuera de la Presidencia Municipal, donde se leyó un posicionamiento contundente y se llevó a cabo la quema de consignas, un acto simbólico que dejó claro que la indignación sigue viva y que la exigencia de justicia no se apagará.
La marcha terminó, pero el mensaje permanece: León sigue despertando y, con cada 8 de marzo, la voz de las mujeres resuena más fuerte.

