León, Gto.- Mientras en la Feria de León el ruido ya había tomado otros escenarios, el palenque avanzaba distinto. A pasos apresurados, butacas que se ocupaban poco a poco y brindis constantes que nunca faltan. Maquillaje retocados, vestidos ajustados, botas marcando el ritmp. Así, el palenque volvió a respirar.
No había prisa. La noche se dejó esperar.
Al cruzar la entrada, una velita pasaba de mano en mano. Nadie explicaba nada. Algunos la guardaban, otros la sostenían sin saber todavía por qué. El detalle quedó ahí, en pausa, a la expectativa.
La espera es parte del palenque
El reloj avanzó sin que nadie pareciera mirarlo. Las conversaciones subían y bajaban, los vasos se levantaban, las risas aparecían y desaparecían. El Palenque se llenó así, con empujones en los pasillos, hasta reunir a más de seis mil personas.
Parejas juntas, grupos de amigos compartiendo cervezas y tragos, miradas que regresaban una y otra vez al escenario. El redondel ya había sido testigo de las peleas de gallos y las rifas; ahora era solo esperar.
El momento que todos aguardaban llegó antes de lo previsto. A las 11:30 de la noche, las luces bajaron apenas. No fue un apagón. Fue una señal. La banda apareció primero, con un intro que sonó limpio, preparando algo que todos ya esperaban.
Alfredo Olivas apareció después, acordeón al frente, texana firme. No habló de inmediato. Miró al público, luego a sus músicos, y pidió un aplauso para ellos: “Un fuerte aplauso para estos músicos que me acompañan esta noche, porque gracias a ellos estamos aquí”.
No hubo cuenta regresiva. La primera canción, “Yo todo lo doy”, comenzó casi al mismo tiempo que las velitas se encendían por todo el palenque. La luz fue pequeña, pero suficiente. Butaca por butaca, la escena se repitió.
“Seguramente” llegó como segunda canción, sin pausa. Para entonces, ya nadie estaba midiendo el tiempo.
Una noche que se cantó completa
El acordeón marcó el paso y el público respondió sin reservas. La gente no dejó de cantar junto a él a todo pulmón, desde las gradas hasta los pasillos, incluso quienes permanecieron de pie. “Hoy te pierdo así” apareció y fue coreada de principio a fin, como el resto del repertorio.
Entre canción y canción, Alfredo brindó con su público, sonrió y recibió cartulinas con mensajes, que levantaban desde distintos puntos del palenque y que él alcanzaba a leer entre luces y aplausos.
En medio del concierto, el sonorense dio la bienvenida como quien platica en confianza:“Guanajuato, de verdad venimos con muchas ganas. Arrancamos con el pie derecho esta noche, porque al final la última palabra siempre la tiene Dios”.
Más adelante, ya relajado, sonrió: “Llegué a León sin cinto, pero aquí siempre me dan regalos buenos… y uno de esos sí me hace falta”. Las risas se mezclaron con los brindis.
El palenque ya estaba abierto
Los temas siguieron sin descanso: “Vivo”, “El paciente”, “En definitiva”, “El malo de Culiacán”, “Asignatura pendiente”, “No”, “Borracha”, “El problema”, “El sillón”, “Antecedentes de culpa” y “Perro de carnicería”. No como una lista, sino como una línea continua que sostuvo la noche durante casi dos horas.
Olivas no bajó el ritmo. Nadie pidió pausa. Nadie se fue antes.
Llegó la velada
Con la madrugada encima, las velitas se apagaron poco a poco. El público permaneció unos minutos más, como si irse fuera romper algo. El palenque estaba lleno, eufórico, vivo.
Alfredo Olivas no cerró una noche. Abrió las noches del Palenque de León 2026, y lo hizo con un arranque que dejó claro que el palenque volvió con fuerza.