Ciudad del Vaticano.— La muerte del Papa Francisco marca no solo el fin de un pontificado, sino también una transformación profunda en los ritos de despedida que durante siglos definieron la partida de los líderes de la Iglesia Católica.
A diferencia de sus predecesores, cuyos restos fueron exhibidos en el catafalco de la Basílica de San Pedro y sepultados en ataúdes triples de ciprés, plomo y roble, Francisco eligió una despedida distinta. El cuerpo del pontífice será velado sin elevación ceremonial y reposará en un ataúd de madera forrada con zinc, según las modificaciones que él mismo impulsó meses antes de su fallecimiento.
Los fieles serán invitados a presentar sus respetos mientras el cuerpo permanece visible dentro del ataúd abierto, en un gesto que rompe con siglos de tradición y privilegia la cercanía por encima del protocolo.
Por primera vez en más de cien años, un Papa será enterrado fuera del Vaticano. Sus restos descansarán en la Basílica de Santa María la Mayor, lugar que visitó con frecuencia desde el inicio de su ministerio y donde acostumbraba orar antes y después de cada viaje apostólico.
Con estas decisiones, el Papa Francisco deja una huella no solo en la historia de la Iglesia, sino también en la forma en que será recordado: desde la sencillez y el deseo de estar cerca, incluso en su último descanso.