León, Gto.- El Palenque de León se transformó. No fue un cambio visible, sino uno que ocurrió en la memoria. Pasadas las nueve de la noche, el lugar comenzó a llenarse de adultos que llegaron con la paciencia de quien sabe esperar. Dos años sin Matute habían pesado, y esa ausencia se notaba en la forma en que el público tomó su lugar, como si cada butaca guardara una historia ligada a una canción.
Cuando el reloj avanzó hacia la medianoche, cerca de 4 mil personas seguían ahí. Nadie parecía tener prisa. El Palenque ya no era solo un espacio de feria: era una pista de baile mental, un regreso a los años donde la música se grababa en casetes y los recuerdos se formaban al ritmo de la radio.
A las 11:58, Jorge D’Alessio, Tana Planter, Nacho Izeta, Pepe Sánchez e Irving Regalado, aparecieron para abrir un maratón musical que se extendió casi tres horas. El inicio fue una declaración de interpretaciones: “Don’t Stop Believing’”, “20 millas” y “I Wanna Dance with Somebody” unidas en una sola secuencia,como si las décadas se comprimieran en minutos.
Las canciones no llegaron solas. Llegaron con recuerdos. “No podrás”, “Besos de ceniza” y “La chica del bikini azul” fueron coreadas con la naturalidad de quien no necesita mirar al escenario para saberse la letra. Más tarde, Jorge D’Alessio tomó el frente con “La matutera”, enlazada con “Stayin’ Alive”, y ahí el Palenque terminó de soltarse.
La noche avanzó con “Cuando seas grande”, “Lamento boliviano”, “Ni tú ni nadie”, “Mis ojos lloran por ti”, “La negra Tomasa” y “El sirenito”. El público cantó de pie, bailó sin coreografías aprendidas, se dejó llevar. A mitad del concierto, Jorge D’Alessio se detuvo. La voz se le quebró. Lloró. Agradeció. Recordó que León fue uno de los primeros palenques que apostaron por Matute hace 19 años. Dijo que ese apoyo no se olvida.
Habló también de cómo disfrutan cantar lo mismo en un antro que en un bar o un auditorio, porque para ellos el escenario es solo un punto de encuentro. Lo importante, repitió, es mantener viva la década dorada de los ochenta, ponerla en alto y compartirla con quienes crecieron con ella como soundtrack de vida.
Las baladas llegaron como una pausa necesaria: “Tan enamorados”, “Detrás de mi ventana”, “Para amarnos más”, “De mí enamórate”, “Querida”, “La gata bajo la lluvia”, “Un buen perdedor”, “Qué ganas de no verte nunca más” y “El triste”. Algunas miradas se perdieron. Otras se cerraron. Más de una historia personal encontró eco en esas canciones.
Luego volvió el movimiento con “Gloria”, “Dancing Queen”, “Tú y yo somos uno mismo”, “Obsesión”, “Cuando calienta el sol”, “Vete con ella” y “Claridad”. La música siguió, el cansancio no llegó y el tiempo pareció ceder.
Matute estaba en casa. La banda matutera lo sabía. El Palenque también.